Por Gala Mora
En pleno auge del Midtown neoyorquino, su arquitectura recogía el espíritu sobrio y funcional que precedería al art déco, y que más tarde se integraría en el skyline con edificios como el Chrysler. Hoy, más de un siglo después, ese mismo inmueble renace como hotel boutique bajo el nombre Chemists’ Club Hotel New York City, y lo hace con un interiorismo firmado por el estudio Ilmiodesign.

De estilo neoclásico/beaux-arts
La intervención se ha planteado desde el respeto al carácter institucional del edificio, de estilo neoclásico/beaux-arts, pero reimaginándolo para crear una experiencia urbana sofisticada y contemporánea. El proyecto conserva elementos históricos que evocan su pasado académico y científico, como la emblemática escalera de madera curvada o el espacio que antaño albergó la biblioteca del club —situado en la planta 12 y hoy reconvertido en una lujosa Penthouse Suite con vistas panorámicas de Manhattan. Desde su balcón privado, los huéspedes pueden contemplar los tejados y rascacielos del Midtown neoyorquino en un entorno de silencio inesperado para el corazón de la ciudad.

Una grandiosa escalera y terciopelo azul
En la planta baja, el lobby funciona como carta de presentación del conjunto. El protagonismo lo asume la escalera original de madera oscura que articula el espacio con un gesto envolvente, acompañada por un mostrador curvado de terciopelo azul intenso con base metálica, que recuerda tanto a las barras de los clubes privados como a los mostradores de consulta de una antigua biblioteca. A los lados, espejos biselados, detalles de iluminación escultórica y composiciones florales elevan la entrada a una categoría de sofisticación íntima. El mobiliario en tonos azules, dorados y marfil establece un puente entre lo clásico y lo contemporáneo, con líneas geométricas, tapicerías densas y acabados de calidad. Esta paleta cromática, que se mantiene en el resto del hotel, se inspira tanto en el lenguaje del art déco como en el imaginario científico, generando un entorno distinguido sin caer en la literalidad temática.

Una vitrina de curiosidades
Uno de los elementos más distintivos del proyecto es la vitrina de objetos científicos instalada también en la planta baja, que funciona como instalación artística y elemento narrativo. En ella se exponen tubos de ensayo, matraces, balanzas, botellas de botica y otros instrumentos antiguos, muchos de ellos auténticos, mezclados con esculturas en vidrio que reinterpretan el skyline de Manhattan con formas alargadas y translúcidas. La luz integrada acentúa los reflejos sobre el cristal, creando un juego visual que remite tanto a la precisión del laboratorio como a la verticalidad de la ciudad. La vitrina establece así una conexión simbólica entre el pasado científico del lugar y su nuevo uso como espacio de hospitalidad.
Frente a ella, se despliega una zona de estar con butacas de terciopelo azul, cortinas de lino claro y lámparas de sobremesa doradas, que refuerzan la continuidad del lenguaje interiorista. En la terraza privada de la suite ático, mobiliario de exterior en líneas sobrias, cojines azules y jardineras discretas prolongan esa misma estética hacia el exterior, enmarcando las vistas sobre los edificios vecinos.

Guiños a la memoria del edificio en las habitaciones
Las habitaciones del Chemists’ Club Hotel dialogan con la memoria del edificio, rindiendo homenaje al ingenio humano y al espíritu científico original del club. Se utiliza una paleta equilibrada que combina tonos cálidos con acentos en azul, verde y rojo, contrastados con metales dorados y negros profundos. Destacan las molduras clásicas, los tejidos aterciopelados y el uso de espejos con formas orgánicas. La iluminación ha sido diseñada para realzar texturas y volúmenes, creando ambientes íntimos y acogedores.

Desde las estancias más sobrias hasta las más espaciosas, el interiorismo firma una elegancia que rehuye la ostentación y apuesta por el detalle preciso. La disposición simétrica de las camas, flanqueadas por espejos verticales con marcos negros y lámparas con base de piedra, le confieren ese toque art déco que impregna todo la esencia del edificio. En algunas suites, los cabeceros acolchados se integran en composiciones murales que combinan relieves textiles y marcos de moldura clásica. Las butacas de terciopelo en tonos óxido y las banquetas en verde bosque refuerzan el carácter cromático del proyecto, mientras que las alfombras de dibujo vegetal añaden textura. Todo está dispuesto para evocar un refinamiento neoyorquino que conecta con la arquitectura histórica del edificio y la herencia intelectual de sus primeros ocupantes.