El principal reto al que se enfrentó el estudio fue el de recuperar a través del interiorismo un icono histórico de las islas, buscando una identidad propia que ensalza la tradición canaria, siempre respetando la esencia del emblemático edificio que estaba abandonado desde 2006. Al mismo tiempo, se buscó generar espacios que se relacionen con el entorno (valle de la Orotava y Atlántico), generando un ambiente sereno y fomentando el arte local a través de obras de autores canarios. En la recepción y el bar Tagoror, se han usado maderas cálidas, tapicerías suaves y una arquitectura abierta a la luz, reinterpretando el lenguaje del lobby clásico desde una mirada contemporánea. Más que una simple zona de paso, el conjunto se concibe como una sucesión de salas de estar donde la hospitalidad se expresa a través del detalle: sofás capitoné en tonos profundos, butacas de inspiración clásica, mesas de madera maciza y luminarias de luz cálida que construyen una atmósfera serena y acogedora. La composición, equilibrada y generosa, invita a la pausa y a la conversación. El proyecto recupera la tradición del gran lobby hotelero, lugar de encuentro, de espera y de bienvenida, y la traduce a un interior luminoso y relajado, donde los materiales naturales, las proporciones amplias y la presencia de la vegetación configuran un paisaje interior pensado para habitarse con calma.
En las habitaciones se traslada la idea de descanso a interiores luminosos donde la madera, los tejidos neutros y la luz natural crean una atmósfera tranquila. Más que una habitación, el espacio se plantea como un pequeño paisaje donde cada elemento contribuye a una atmósfera serena: cabeceros de madera, butacas de líneas envolventes, tejidos en tonos neutros y detalles artesanales que aportan textura sin recargar el conjunto. La composición es sencilla, medida, pensada para que la arquitectura y la luz respiren. El interior es luminoso, donde los materiales, la escala contenida del mobiliario y espíritu de las islas configuran un ambiente tranquilo, íntimo y equilibrado. El hotel dispone de varias tipologías de habitaciones cambiando la distribución, que busca siempre las mejores orientaciones y vistas para ofrecer experiencias diferentes en cada estancia. Los materiales son de las mejores calidades y adaptados al uso hotelero, muebles de madera, tejidos en tonos claros con texturas naturales mezclados con estampados acordes con el proyecto.
La vida exterior se despliega en la piscina y el bar La Carola como una extensión natural de la arquitectura, donde la madera, la vegetación y la sombra construyen un lugar pensado para habitar el paisaje. Más que una terraza, el espacio se concibe como un restaurante abierto donde pérgolas de madera, parasoles rayados y mobiliario de fibras naturales crean una atmósfera ligera y relajada. Mesas en tonos claros clara, sillas trenzadas y textiles en tonos verdes y arena configuran un conjunto fresco y luminoso, en diálogo constante con el entorno. El proyecto traslada la experiencia gastronómica al exterior, configurando un paisaje amable donde la arquitectura filtra el sol, la brisa atraviesa los espacios y la presencia del agua y la vegetación refuerzan una sensación continua de descanso y vida al aire libre.